“El verdadero deber de un padre”
El chico, asustado de su propia hazaña, echó a correr llamando a su padre porque el monstruo que había dibujado aquella tarde con los rotuladores nuevos se había despegado del papel y ahora, con sus patas de tinta inestables, recorría la cocina dejando huellas negras sobre los azulejos blancos.
El padre, al verlo, no dijo nada. Cogió la hoja arrugada, la acercó a la cara del monsturo y este volvió a aplanarse contra el folio como si nunca hubiera tenido otra forma de existir. Luego rompió el dibujo en pedazos muy pequeños. El niño, todavía temblando, supo que aquel era el verdadero poder de su padre: saber que todo miedo, por real que parezca, necesita solo de un límite claro para volver a ser solo papel.
Martín Mínguez García, 4º D de ESO
















