En la adolescencia parece que siempre hay algo que hacer: estudiar para un examen, entregar trabajos, elegir qué queremos hacer en el futuro y, además, sacar tiempo para los amigos y la familia. A veces, esa lista se convierte en una presión difícil de llevar.
El problema no es querer sacar buenas notas o esforzarse. El problema aparece cuando pensamos que equivocarnos significa fracasar, que una mala calificación define nuestra capacidad o que tenemos que saber ya qué queremos ser dentro de unos años. Nadie puede tenerlo todo claro ni hacerlo todo bien siempre.
También influye compararnos con los demás. Vemos sus resultados, sus planes o la parte más feliz de sus vidas, pero no siempre conocemos sus dificultades. Cada persona tiene su ritmo y sus circunstancias, aunque a veces se nos olvide.
Quizá deberíamos recordar que estudiar consiste en aprender, no en demostrar que somos perfectos. Descansar, pedir ayuda cuando algo se nos hace cuesta arriba y cambiar de opinión también forman parte de crecer. Una equivocación puede enseñarnos qué necesitamos mejorar; no tiene por qué convertirse en una etiqueta.
No podemos eliminar todas las preocupaciones, pero sí cambiar la forma de tratarnos. Exigirnos esfuerzo es razonable; exigirnos perfección, no. Al final, avanzar no significa no fallar nunca, sino seguir aprendiendo sin olvidar que nuestra valía es mucho más que una nota.
María Macías, 1º Bachillerato D









