Cuando hablamos de contaminación, pensamos en plásticos en el mar o ciudades cubiertas por sus humos. Pero hay otro tipo de contaminación que no vemos: la basura espacial. Son restos de satélites desechados, trozos de cohetes y tornillos que llevan décadas orbitando la Tierra a millas por hora.
Sin embargo, esta basura no es completamente inofensiva. Dependemos de los satélites para casi todo: GPS, internet, previsión meteorológica, comunicaciones…Si un fragmento del tamaño de una canica choca contra uno de ellos, puede dejarlo inservible. Y con millones de pedazos ahí arriba, el riesgo aumenta cada año.
Josef Aschbacher, director general de la Agencia Espacial Europea, declaró: “La órbita terrestre se está volviendo cada vez más peligrosa. Necesitamos actuar ya para evitar un colapso orbital.”
La buena noticia es que ya hay propuestas para solucionarlo: satélites que se autodestruyen en su último viaje, robots que recogerían basura e, incluso, planes de naves limpiadoras que recogerían la órbita terrestre.
Nosotros, los jóvenes, somos los más afectados por este tema, ya que viviremos en un mundo cada vez más dependiente del espacio. Si no cuidamos también ese entorno, podríamos enfrentarnos a problemas que no se ven, pero que sí se sienten.
La contaminación no solo está en mares y bosques. También está allí arriba, dando vueltas sin parar. Y cuanto antes actuemos, mejor.
Lucía Macías Ruiz, 1º de Bachillerato B









