En un mundo que ha avanzado tecnológicamente y que presume de haber aprendido de su historia, sigue siendo necesario reflexionar sobre los estragos de la guerra. Aunque en muchas ocasiones creamos estar lejos de los conflictos, la realidad demuestra que la violencia bélica continúa destruyendo vidas, culturas y ciudades. Por eso conviene volver a los textos clásicos, como la Eneida de Virgilio, para recordar que la sensibilidad ante el sufrimiento no debe perderse y que las tragedias de ayer siguen siendo las mismas de hoy.
En el Libro II de la Eneida, Virgilio ofrece un relato estremecedor de la caída de Troya. A través de los ojos de Eneas, asistimos al engaño del caballo de madera, a las calles llenas de fuego y a los gritos desesperados de un pueblo que se desmorona. Las descripciones del poeta destacan tanto el horror físico —los templos derrumbados, los cadáveres amontonados, el caos absoluto— como el dolor emocional de quienes pierden a sus seres queridos. La escena en la que Eneas intenta salvar a su padre, a su esposa Creúsa y a su hijo resume la dimensión humana del desastre: incluso los héroes se ven superados por la destrucción.
Esa tragedia antigua encuentra paralelos evidentes en conflictos contemporáneos. Las imágenes de ciudades arrasadas en Siria o Ucrania, o los desplazamientos masivos de población en Gaza, muestran que los seres humanos siguen repitiendo errores que ya fueron denunciados hace más de dos mil años. Como en Troya, familias enteras huyen entre escombros, la cultura material se pierde en segundos y generaciones futuras ven su porvenir truncado antes de nacer. Las guerras no solo matan cuerpos: también borran bibliotecas, destruyen patrimonio y alimentan ciclos interminables de odio.
Ante estas evidencias, cabe preguntarse si la humanidad ha aprendido realmente algo de las tragedias del pasado. Aunque es cierto que existen más organismos internacionales y mecanismos de diálogo que en la Antigüedad, la insensibilidad ante el sufrimiento ajeno sigue siendo alarmante. Recuperar la memoria de Troya, y de tantas otras ciudades destruidas, debería recordarnos que toda guerra es una derrota colectiva. La sensibilidad no evitará por sí sola los conflictos, pero sí puede ayudarnos a construir un mundo donde la paz sea un valor irrenunciable.
Alumno de 2º de Bachillerato









