A lo largo de los estudios, me he cruzado con distintos profesores de matemáticas, y he tenido la oportunidad de conocer un poco de la vida de varios matemáticos famosos, y siempre me ha llamado la atención un patrón que se suele repetir: a muchos matemáticos (o a las personas que se les dan bien las matemáticas en general) les suele gustar el ajedrez o la música. Matemáticos famosos como Euler (el mismo del número e), Turing (quien ayudó a descifrar la máquina Enigma) o Lasker (desarrollador del teorema Lasker-Noether) destacaron también como ajedrecistas, siendo incluso Lasker campeón del mundo de ajedrez durante 27 años.
Pero esto no es fruto del azar. La psicología demuestra que los matemáticos, al tener una gran facilidad a la hora de analizar datos, reconocer patrones, y buscar soluciones óptimas teniendo en cuenta resultados y limitaciones (todas estas habilidades muy usadas en las matemáticas), pueden aplicar estos conocimientos y forma de trabajo al ajedrez, un juego complejo que se adapta muy bien a esta forma de pensar, y por tanto los matemáticos acaban generando una atracción y una capacidad formidables por el ajedrez.
Sin embargo, esto no se limita al juego del tablero. La música, al basarse en tiempos precisos y utilizar notas separadas por intervalos numéricos, y contar también con patrones y estructuras definidas, es igualmente llamativa para los matemáticos.
Es por esto mismo que, los deportistas tienen a su vez atracción por los videojuegos de acción o la conducción, los cantantes con la actuación, y los escritores con la docencia y la filosofía. Todo esto se da por la neuroplasticidad, es decir, nuestro cerebro refuerza las conexiones neuronales de la zona que usamos con mayor frecuencia, lo cual optimiza nuestro procesamiento de la información y nuestra capacidad de aprendizaje, incrementando de manera exponencial la velocidad con la que ganamos conocimientos y dominamos campos, especialmente en la niñez y la adolescencia, cuando el cerebro se está formando y esta neuro plasticidad se ve potenciada.
Sin duda, es fascinante cómo aprende nuestro cerebro, alcanzando tal potencia y complejidad que aún no sabemos exactamente cómo funciona.
Valentín Sousa 2º Bach B









